
Me perdonaran que ahora ponga en boca de una mujer alguno de los aspectos más curiosos de un hombre, al menos para mí lo era.
En realidad no envidio nada a un hombre, ni aunque ellos no se lo lleguen a creer, no he deseado nunca tener un pene entre las piernas. Más de una conversación nos ha llevado este tema y muchas veces nos hemos preguntado entre amigas como lo harán para doblar las piernas o sentarse sin ningún miramiento. Pero lo molesto que creemos que puede ser tener eso colgando es oreo tema que ahora no nos interesa.
Bien. Si había una cosa que podía desear de ellos era la manera de orinar.
Un viaje en coche: tú necesitas encontrar un baño, él sólo parar el coche.
Un bar, una discoteca, un concierto donde la cola de las chicas supera el kilómetro y medio y la de ellos te pasa por delante en cuestión de segundos. Entonces cuando llega tu turno te arremangas el abrigo hacia arriba al mismo tiempo que te aguantas el bolso. Intentas no poner los pies planos en el suelo cuando te bajas los pantalones para que el dobladillo no absorba esa humead que pringa el suelo. Mantienes el equilibro provocándote unas agujetas para una semana entera en los muslos pero no te permites sentarte en el water lleno de gotitas y cuando se acaba la operación intentas, con la boca ya que no te quedan manos, sacar un papel del bolso porque en este país nunca hay papel higiénico donde toca.
Podría enumerar bastantes más ocasiones donde creía que mear de pie era lo más práctico del mundo, pero mi fe se ha visto truncada por culpa de mi timidez y mi aprensión a la falta de intimidad. Y ese cambio de mentalidad tuvo lugar el lunes pasado cuando salía del baño de las chicas de la planta del despacho donde trabajo. Este se sitúa al lado del baño de hombres y su puerta hace ya un tiempo que no cierra muy bien. Así que cuando me dirigía de nuevo a mi mesa la mirada se escapó hacia dentro de ese otro mundo donde en las paredes se apilan urinarios sin ninguna protección ante las miradas (y las comparaciones) del vecino. Supongo que siempre lo he sabido pero el “clic” en mi cabeza ocurrió en el instante que vi la cara del becario cuando entró uno de sus jefes y se situó a su lado saludándolo y preguntándole qué tal había ido el fin de semana.
¿Situación incomoda? Para mí lo sería, esta y alguna más.
Existen en la pared contraría las tazas que están en sus cubículos pero entonces si entras en una de ellas queda demasiado evidente que es lo que vas a hacer.
¿Incomodo? Para mí lo sería.
A partir de aquí mi mente empezó a indagar sobre el tema y sobre si ellos le dan tanta importancia al momento intimo de hacer pis. Seguramente no y eso los diferencia del hecho que nosotras incluso intentamos camuflar los ruidos cuando tenemos a alguien en el baño de al lado. El tema del camuflaje de los ruidos también es otro tema para otro día porque se haría demasiado largo.
Existen varias técnicas y cada maestrillo tiene su librillo, así que dejemos el tema por hoy y permitidme que vaya al baño aliviada porque por unos instantes en este día voy a tener un poco de intimidad.
En realidad no envidio nada a un hombre, ni aunque ellos no se lo lleguen a creer, no he deseado nunca tener un pene entre las piernas. Más de una conversación nos ha llevado este tema y muchas veces nos hemos preguntado entre amigas como lo harán para doblar las piernas o sentarse sin ningún miramiento. Pero lo molesto que creemos que puede ser tener eso colgando es oreo tema que ahora no nos interesa.
Bien. Si había una cosa que podía desear de ellos era la manera de orinar.
Un viaje en coche: tú necesitas encontrar un baño, él sólo parar el coche.
Un bar, una discoteca, un concierto donde la cola de las chicas supera el kilómetro y medio y la de ellos te pasa por delante en cuestión de segundos. Entonces cuando llega tu turno te arremangas el abrigo hacia arriba al mismo tiempo que te aguantas el bolso. Intentas no poner los pies planos en el suelo cuando te bajas los pantalones para que el dobladillo no absorba esa humead que pringa el suelo. Mantienes el equilibro provocándote unas agujetas para una semana entera en los muslos pero no te permites sentarte en el water lleno de gotitas y cuando se acaba la operación intentas, con la boca ya que no te quedan manos, sacar un papel del bolso porque en este país nunca hay papel higiénico donde toca.
Podría enumerar bastantes más ocasiones donde creía que mear de pie era lo más práctico del mundo, pero mi fe se ha visto truncada por culpa de mi timidez y mi aprensión a la falta de intimidad. Y ese cambio de mentalidad tuvo lugar el lunes pasado cuando salía del baño de las chicas de la planta del despacho donde trabajo. Este se sitúa al lado del baño de hombres y su puerta hace ya un tiempo que no cierra muy bien. Así que cuando me dirigía de nuevo a mi mesa la mirada se escapó hacia dentro de ese otro mundo donde en las paredes se apilan urinarios sin ninguna protección ante las miradas (y las comparaciones) del vecino. Supongo que siempre lo he sabido pero el “clic” en mi cabeza ocurrió en el instante que vi la cara del becario cuando entró uno de sus jefes y se situó a su lado saludándolo y preguntándole qué tal había ido el fin de semana.
¿Situación incomoda? Para mí lo sería, esta y alguna más.
Existen en la pared contraría las tazas que están en sus cubículos pero entonces si entras en una de ellas queda demasiado evidente que es lo que vas a hacer.
¿Incomodo? Para mí lo sería.
A partir de aquí mi mente empezó a indagar sobre el tema y sobre si ellos le dan tanta importancia al momento intimo de hacer pis. Seguramente no y eso los diferencia del hecho que nosotras incluso intentamos camuflar los ruidos cuando tenemos a alguien en el baño de al lado. El tema del camuflaje de los ruidos también es otro tema para otro día porque se haría demasiado largo.
Existen varias técnicas y cada maestrillo tiene su librillo, así que dejemos el tema por hoy y permitidme que vaya al baño aliviada porque por unos instantes en este día voy a tener un poco de intimidad.