
Espero que mi madre no esté cerca.
Confieso.
Confieso que tengo unas agujetas terribles que me hacen andar como si hubiera montado en caballo durante tres días por las Alpujarras.
Confieso que aun así llevo una sonrisa radiante en mi cara y mi cutis parece el culo de un bebé.
Confieso que me he pasado toda la noche disfrutando de un orgasmo detrás de otro.
Pero también confieso que todos ellos no son productos de un hombre, ni de mi imaginación.
Estas Navidades he recibido el regalo más aprovechable y practico que me han hecho nunca jamás. Incluso más que cuando de pequeña me regalaban los diccionarios del colegio o los uniformes.
Marc, Laura y yo solemos hacer una cena el día de Navidad. Es la única cena que intentamos que llegue a la altura de las circunstancias, así que pasamos por el mercado y compramos marisco en cantidades industriales, nos gastamos dinero en vino de calidad y usamos los fogones y el horno para cocinar lo que nos comemos.
Y damos buen uso del cava y el vino de más de 5 euros, usamos la mesa del comedor con mantelería (normalmente nos sentamos ante la tele) y nos obligamos a vestir de una forma más elegante. Comemos juntos una vez por semana y nos hemos visto en las peores guisas durante todos estos años, pero la cena de navidad…es distinta. Y también confieso que cambiaria todos los encuentros familiares con gente que no veo nunca y que ni siquiera conozco y que se divierten a mi costa con sus interrogatorios malintencionados, por esta cena de amigos.
Y por supuesto no hay Navidad sin regalos, así que estamos unas tres semanas rompiéndonos la cabeza para que se nos ocurra lo más original y lo menos esperado.
Este año Laura lo ha conseguido.
Con la ilusión de un niño pequeño abres tu paquete intentando al principio no romper el papel, pero las ansias te superan y acabas rasgando el envoltorio. Entonces ves una caja llena de colores vivos, como si de un juguete se tratara y con la frase “incluye pilas”.
Mi nuevo amigo es rosa y tiene unas medidas considerables. Nunca había tenido un juguete así ni me lo había planteado y confieso, una vez más, que en el primer momento me decepcioné y luego me molesté con mi queridísima amiga. Pero a día de hoy, después de convencerme que en la vida hay que probarlo todo, que a caballo regalado no le mires el dentado y que desaprovechar un regalo es feo, he llamado a Laura y le he dicho que la perdono, más aun, que le doy las gracias, más aun, que estoy muy pero que muy agradecida por su regalo y que no sabrá nunca cuanto se lo agradezco.
Confieso que esta mañana me ha costado bastante separarme de él y dejarlo solito en casa me ha llenado de lástima, pero no quiero obsesionarme.
Antes de volver a casa tengo que acordarme de pasar por el super a comprar pilas de repuesto que nunca se sabe.
El regalo de Marc era un fin de semana en un Spa-Balneario para los tres.
Tendremos que hacerle un hueco en la maleta.
Confieso.
Confieso que tengo unas agujetas terribles que me hacen andar como si hubiera montado en caballo durante tres días por las Alpujarras.
Confieso que aun así llevo una sonrisa radiante en mi cara y mi cutis parece el culo de un bebé.
Confieso que me he pasado toda la noche disfrutando de un orgasmo detrás de otro.
Pero también confieso que todos ellos no son productos de un hombre, ni de mi imaginación.
Estas Navidades he recibido el regalo más aprovechable y practico que me han hecho nunca jamás. Incluso más que cuando de pequeña me regalaban los diccionarios del colegio o los uniformes.
Marc, Laura y yo solemos hacer una cena el día de Navidad. Es la única cena que intentamos que llegue a la altura de las circunstancias, así que pasamos por el mercado y compramos marisco en cantidades industriales, nos gastamos dinero en vino de calidad y usamos los fogones y el horno para cocinar lo que nos comemos.
Y damos buen uso del cava y el vino de más de 5 euros, usamos la mesa del comedor con mantelería (normalmente nos sentamos ante la tele) y nos obligamos a vestir de una forma más elegante. Comemos juntos una vez por semana y nos hemos visto en las peores guisas durante todos estos años, pero la cena de navidad…es distinta. Y también confieso que cambiaria todos los encuentros familiares con gente que no veo nunca y que ni siquiera conozco y que se divierten a mi costa con sus interrogatorios malintencionados, por esta cena de amigos.
Y por supuesto no hay Navidad sin regalos, así que estamos unas tres semanas rompiéndonos la cabeza para que se nos ocurra lo más original y lo menos esperado.
Este año Laura lo ha conseguido.
Con la ilusión de un niño pequeño abres tu paquete intentando al principio no romper el papel, pero las ansias te superan y acabas rasgando el envoltorio. Entonces ves una caja llena de colores vivos, como si de un juguete se tratara y con la frase “incluye pilas”.
Mi nuevo amigo es rosa y tiene unas medidas considerables. Nunca había tenido un juguete así ni me lo había planteado y confieso, una vez más, que en el primer momento me decepcioné y luego me molesté con mi queridísima amiga. Pero a día de hoy, después de convencerme que en la vida hay que probarlo todo, que a caballo regalado no le mires el dentado y que desaprovechar un regalo es feo, he llamado a Laura y le he dicho que la perdono, más aun, que le doy las gracias, más aun, que estoy muy pero que muy agradecida por su regalo y que no sabrá nunca cuanto se lo agradezco.
Confieso que esta mañana me ha costado bastante separarme de él y dejarlo solito en casa me ha llenado de lástima, pero no quiero obsesionarme.
Antes de volver a casa tengo que acordarme de pasar por el super a comprar pilas de repuesto que nunca se sabe.
El regalo de Marc era un fin de semana en un Spa-Balneario para los tres.
Tendremos que hacerle un hueco en la maleta.